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miércoles, 5 de enero de 2011

Cementerio club

¿Quién le dio al pequeño dios
el centro gris del abismo?

la piedra contiene -lapidado- un nombre
como si el cementerio no albergara más que esa mínima memoria
inútil
ese gesto ese hábito esa disposición
primera sujeción del cuerpo
golpe lapidario
y primigenio
crimen fundante
esa violencia 
del nombre

muerto el cuerpo
desmembrado
horadado penetrado habitado
por gusanos formol
y otras alimañas
se ríe irónica una palabra

esa que acompañó
a despecho
esa la primer herida
siempre cicatrizada siempre abierta siempre a la espera
amenazante
se burla ahora
petrificada
de las putrefacciones del muerto
la impermanencia
la locura ociosa de vivir

¿y quién se atreverá a develar
la locura que esconden
las letras

el abismo que abre
cada nombre

la desgarradura
ausente
del silencio?

¿quién se atreverá
a perder
quién se atreverá
a olvidar
su nombre?

ni un sonido
ya
despierta la noche

la lluvia que enjuga las palabras
se deja resbalar con ellas

la lluvia
moja también
mejillas de mármol
juega a correr por los canales de la piedra
y a desbordarlos
y a corroerlos

la lluvia

se atreve


sin fondo sin centro
el abismo
abisa

domingo, 3 de octubre de 2010

Una erótica pedestre


(en diálogo con mis pies)

Caminaba la otra noche, y doblé, llevada por mis pies tan solo, en una esquina en la que nunca doblo. Fue extraño, pero antes de pensar en qué calle estaba, antes de mirar siquiera a mi alrededor, mis pies se regocijaron con un pensamiento inexpresable. Mis ojos lo confirmaron: por aquí ya había estado. Ese, el mismo pasto motita, la misma ventana, la misma entrada imponente. Ya había estado, y sin embargo, hacía mucho tiempo, demasiado tiempo quizás, que mis pies no tomaban aquellos rumbos.
¿Eran mis propias huellas las que mis pies, en su recorrer, reconocían? ¿O era quizás la huella sin impresión, el rastro perdido del deseo, aquel que mis pies reencontraban al reencontrarse con ese suelo? 

Por aquí ya estuve… un recuerdo, un regocijo…
       [otra vez mariposas en el estómago]

¿No serán mis pies quienes guarden la memoria?
¿Y no es la memoria siempre un recorrido, un trayecto, una vuelta…?

Mis pies me llevan. Marcan el rumbo. Otra vez las mismas casas, otra vez el mismo trayecto. Allí con ellos. Otra vez. 
Lo que pide otra vez 
¿no es el deseo?

La geografía personal es solidaria de una ontología, pero en primer lugar lo es de una erótica. Una cartografía íntima nos mostraría una y otra vez los mismos recorridos, los mismos espacios, los mismos punctum: allí donde habitan nuestros amigos, algún recoveco en el parque donde leer un buen libro, las veredas gastadas de olvido de amores lejanos… 

Mis pies marcan el rumbo. Y su pasar ligero y sin huella, marca el ritmo de la memoria.